Nací repleta de pecas.
Un lunar en la palma de la mano derecha,
bajo el ojo izquierdo
y otro justo donde comienza mi sexo.
Mi madre siempre me dijo que eran el resultado de que el sol
cada vez que me veía aparecer
me tocara con sus rayos.
Y yo me preguntaba qué derecho tenía a rozarme si quiera,
si no le había dado permiso.
Ahí comprendí que mi cuerpo nunca sería mío.
Ahora que soy yo quien me acaricia
quien destruye, tatúa y mima la epidermis que recubre mis músculos
sigo pensando lo mismo
aunque ya no me lo crea.
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