Sonreía y causaba tormentas.
Sus carcajadas producían los huracanes más arrasadores, y cada vez que se mordía el labio, caía un trueno en alguna parte.
La mirada perdida en el fondo del océano de sus pupilas negras, removiendo cualquier indicio de esperanza de la vida de cualquiera que se cruza delante.
Sus vestidos nacían de la primavera, y cada vez más cortos.
Esas piernas no tenían miedo del mundo.
El cielo temía sus pasos, que hundían la tierra y creaba terremotos desoladores;
pero más desolada estaba ella.
Sus lágrimas gritaban auxilio tras la cárcel de sus dientes blancos.
Y sus labios carmín sólo querían suicidarse.
Por mucho que se buscaba, no encontraba salida y se ahogaba en sus propios ojos, llenos de pasión en ruinas.
A cada pie sobre el suelo, las rodillas le temblaban y se desplomaba por dentro.
Pero la apariencia era su principal modelo a seguir.
Ondeando su melena al viento, y olvidando que en realidad
era el viento quien la mantenía a flote.
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