En ese tiempo pude ver cómo nos conocíamos,
cosíamos nuestras almas
y descosíamos la vida a pedazos,
hasta desconocernos.
El azul del mar le tiene envidia al iris de tus ojos.
Sólo faltan un par de peces y el Atlántico sentiría lo mismo.
Las manos capaces de recoger toda la primavera eran las tuyas.
Ese abrigo que tu cuerpo me proporcionaba me hizo olvidar que el frío existía fuera de ti.
Y quizá sueñe demasiado.
Y quizá el no conocerte aún, o hacerlo demasiado me hace sentir segura cuando hablo de ti.
Pero es tan cálido lo que guardo en mi pecho a esperas de que aparezcas,
que no me importa que no lo hagas nunca.
Aún me queda conocerte,
y para cuando lo haga
ya me habré enamorado de ti.
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