martes, 31 de marzo de 2015

No te necesito, he aprendido a abrazarme.

Ayer encontré un bufido tuyo
de los que soltabas cada vez que mi ignorancia te exasperaba
y que yo compensaba con un suspiro y un beso en la mejilla.

Lo encontré escondido, como queriendo ser olvidado.
Se convirtió en suspiro tras uno de mis besos.

Ayer escuché September, esa canción disco que tanto odiabas
que yo bailaba en ropa interior con las cortinas hasta arriba, bañándome de sol
y de la que tú huías bajando a por el pan.

Casi no la recordaba, sonaba al rencor que le tenías.
Bailé como nunca.

Ayer probé esa mezcla de salsas que tanto asco te daban
que siempre quise saborear, atravesar la barrera de lo común
y las cuales nunca me dejabas comprar.

Poco me faltó para abandonar, sabían a miedo.
Acabé con ellas.

Ayer empecé ese libro que tan poco te gustó
al que señalabas con desprecio, haciendo crecer mi curiosidad
y que quisiste tirar en un par de ocasiones.

Agazapado tras tus cuadernos inacabados, temblando de placer a tu marcha.
Nos corrimos juntos antes del quinto capítulo.

Ayer volví a ser yo,
la chica retenida en tus brazos
consolada con tus penas
arropada por tus celos
querida por nadie
-ahora
querida por sí misma-.

Ayer olvidé quien fuiste
y recordé quien era.

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