viernes, 11 de abril de 2014

Incoherencias suicidas.

- Quédate.

Esa última palabra que te susurré.
Hizo eco en las paredes de mi cabeza; rebotando una y otra vez, pero sin salir a través de mis labios.
O quizá lo hizo demasiado bajito como para que lo escuchases.
Pero ya sabes, el orgullo me presionaba el cuello, cortándome la respiración, como solías hacer tú con besos ahí donde ahora la presión es imposible.

De nada sirvió unir esas siete palabras que tanto me costó encadenar.
Acabaron flotando en el aire convertido en dióxido de carbono por algún otro enamorado, un suicida más de esa trampa llamada amor.

¿Para qué seguir intentándolo?

Creer en el amor con el corazón roto es como aplaudir al suicida mientras ata la soga a la rama de un árbol, animándolo a abandonar la miserable vida que el karma le proporciona.
Ese hijo de puta que nunca juega a nuestro favor, sólo nos sirve los chupitos de tequila y nos dice que no bebamos, con el ansia desafiante de que traicionemos la abstinencia y nos emborrachemos como idiotas.

Porque al fin y al cabo eso es estar enamorado, ebrios de caricias y noches juntos que acabas vomitando junto con las mariposas asesinas que sólo dan ardor de corazón.

Mariposas.
Bonitas, y terriblemente peligrosas.
Sobre todo si empiezas a sentir ese cosquilleo típico al verle venir.
Ahí.
Ahí es justo cuando debes huir, en dirección contraria, antes de que te atrape con sus encantos.


Y ya sabes lo qué pasa si no corres.

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