Cada mañana, antes del alba, se preparaba un café y salía al porche de su casa.
No era nada del otro mundo; una sencilla casa al este de la ciudad, a las afueras. Pero tenía un hermoso jardín que la enamoró con el simple olor a flores que se notaba desde la entrada.
Abrió el libro, y comenzó a leer:
"...sabía que no podía quedarse allí, pasmado ante la ventana mientras el mundo se desmoronaba a sus pies. Todo dependía de él, y lo que decidiese aquél día; y el paisaje de Manhattan no parecía tener la respuesta a..."
Y allí estaba, como cada día, a la misma hora.
Venía en su busca; ansiaba escucharla, a ella, a su música.
Y ella no dudó un instante; se levantó y se sentó al piano.
No le hacía falta ningún tipo de guía, ni pentagrama que le indicase el camino a sus dedos.
La música fluía bajo sus manos, y a él le seducía la maestría con la que ella se dejaba llevar sobre aquél piano viejo que le regaló su padre cuando a penas sabía andar.
Ya entonces le esperaba él, apareciendo siempre, iluminando su jardín y sus fragantes flores.
Les gustaba ese silencio roto por la melodía que ella conseguía instalar entre ambos.
Él no sabía nada de ella. Ella no sabía nada de él,
pero.
Ella no era nada sin él, y él era todo con ella.
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