<< Recuerda, aún te extraño. >>
Y así acababa todas mis cartas.
Cartas escritas bajo la lluvia,
lluvia caída de mis ojos, rodando por mis mejillas hasta mojar el papel que sostenía en mis manos.
Pensabas que no cumplí lo que dije, lo que dijimos que haríamos, lo que prometiste.
Pero lo hice, te escribí cada domingo al amanecer, cuando el sol aún se resistía a despertar y se me colaba un bostezo entre palabra y palabra, entre trazos de tinta nunca enviados.
Ciento diecinueve cartas, de ciento diecinueve domingos al amanecer, de ciento diecinueve soles que no se desperezan a tiempo para verme liberar sentimientos encerrados en versos que ya no riman.
Porque hasta eso te llevaste, las rimas que nos unían, que nos hacían versos, versos en mi cuello o besos, qué más da, era precioso.
Y ahora sólo quedo yo;
yo y ciento diecinueve cartas escritas bajo llave en una caja que ni si quiera recuerdo dónde está, ni hacerlo quiero.
Porque en esa carta, también te guarecí a ti, escondido entre papeles desechos en tormentas de mi alma, en el caos de mis manos echándote de menos, en la risa que me producían tus cosquillas en mi cintura, en los ladridos del perro que ahora tampoco está y al que también extraño ahora.
A ti ya no.
Dejé de echarte de menos el domingo número ciento veinte,
un domingo al inicio de la primavera, en el que volví a florecer (mi corazón aún lo intenta, él es más duro de pelar) y en el que ya no recordé escribirte.
Así que esta la última (y número ciento veinte), carta.
Recuerda, ya dejé de extrañarte.
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