Últimamente lo hago más de la cuenta.
¿Que a qué me refiero?
A suspirar.
Cuando me levanto.
Mientras me preparo un buen café una mañana de domingo.
Durante una larga noche estudiando.
Paseando al perro.
Pensándote, intentando dormir, con la esperanza de que hayas vuelto al amanecer.
Pero, ¿qué son los suspiros?
Seguro que ahora mismo estás pensando que sigo igual que siempre, haciéndome preguntas para las cuáles nunca encontraré respuesta.
Sin embargo, yo sé que la tienen.
Sólo hay que hacerse las cuestiones adecuadas, y saberles buscar solución, y al final, acabas dando con ellas, o ellas contigo, qué más da.
Regresando a lo de antes.
No sé qué son exactamente los suspiros.
Quiero decir, no podría definirte dicha palabra con términos precisos, pero sé qué son, creo.
Son pequeñas liberaciones del alma, como bocanadas de aire que ésta toma para serenarse,
para volver a ser ella,
para regenerar su interior sin exterior
sin cuerpo ni sustancia.
Entonces, ¿qué le pasa a mi alma que inspira tanto?
Puede ser que esté rota, y necesite esa minúscula toma de aire que une los pedazos que la componen al ahondar en ella.
Puede que simplemente necesite un respiro tras el agobio constante al que le somete la vida.
O puede que le guste inhalar esa parte del mundo;
la única que puede atravesarla sin dañar ninguna de sus formas.
Puede que le guste suspirar al romper el día, sosegarse tras una noche de pesadillas, refugiarse del naciente Sol.
Puede que le guste suspirar al olor del café recién hecho, impregnarse de su aroma tostado y tentador.
Puede que le guste suspirar para coger aire (y a ver si con suerte también fuerzas) y prepararse ante un duro día de clase.
Puede que le guste suspirar entre carrera y carrera tras el chucho, contagiarse del ímpetu que éste posee; las ganas de continuar, incluso bajo una gran tormenta.
Puede que sencillamente, lo necesite.
Necesite suspirar.
domingo, 16 de febrero de 2014
sábado, 15 de febrero de 2014
San Valentín, un día más.
Febrero.
Ayer, catorce, día del amor.
Un día más, sólo que me siento más sola que de costumbre.
Capaces de querer más que nadie, pero sólo un día al año.
Y así somos.
Nos hace falta que nos recuerden el amor que sentimos de vez en cuando, porque se nos olvida.
Nos hace falta un día señalado en el calendario para demostrar con hechos, y no con palabras.
Para ti y para mí no deja de ser un viernes más en el que ignorar lo que vivimos juntos.
Un día más para intentar dejar atrás el pasado.
Veinticuatro simples horas para morir de frío mientras echamos de menos el calor que nos dábamos.
Sin una caricia que calme la piel que recubre el cuerpo que antes besabas.
Sin un beso que marque mi alma, y mi cuello.
Sin un suspiro que me vacíe el pecho de dolor.
Sin ti.
Sin mí.
Sin nosotros.
San Valentín, un día más en el que se nos pasó querernos.
Ayer, catorce, día del amor.
Un día más, sólo que me siento más sola que de costumbre.
Capaces de querer más que nadie, pero sólo un día al año.
Y así somos.
Nos hace falta que nos recuerden el amor que sentimos de vez en cuando, porque se nos olvida.
Nos hace falta un día señalado en el calendario para demostrar con hechos, y no con palabras.
Para ti y para mí no deja de ser un viernes más en el que ignorar lo que vivimos juntos.
Un día más para intentar dejar atrás el pasado.
Veinticuatro simples horas para morir de frío mientras echamos de menos el calor que nos dábamos.
Sin una caricia que calme la piel que recubre el cuerpo que antes besabas.
Sin un beso que marque mi alma, y mi cuello.
Sin un suspiro que me vacíe el pecho de dolor.
Sin ti.
Sin mí.
Sin nosotros.
San Valentín, un día más en el que se nos pasó querernos.
domingo, 9 de febrero de 2014
Dejó de ser un típico día de invierno; dejó de ser un lunes cualquiera.
Frío.
Mucho frío.
Es un típico día de invierno, y como cualquier otro lunes, ella está esperando el autobús en la parada, deseando llegar a casa para poder librarse del peso de los libros que lleva a la espalda.
Ben Howard se cuela por sus cascos, llevándola a otro mundo lejos de esa ajetreada vida que le impide respirar.
Ve aparecer el autocar y esa presión del pecho parece aliviarse un poco más.
Se sienta en su sitio de siempre, junto a la ventana, observando el andar de la gente, las calles por las que pasa cada día y que cree saberse de memoria, las nubes dejarse llevar por el viento, el cielo oculto por estas, el sol escondido.
Al cabo de pocas paradas se sube ese jovencito que siempre se acomoda junto a ella, con su traje y demasiadas preocupaciones sobre los hombros.
Ella no lo entiende. Desde su punto de vista, es guapo, aprecia la buena música y siempre esconde unas deportivas bajo el uniforme.
Siempre piensa que una tarde al sentarse junto a ella, se dirán algo más que un 'hola' y se dedicarán algo más que una sonrisa.
Pero nunca llega a suceder.
Es un típico día de invierno, y como cualquier otro lunes, él está esperando el autobús en la parada, deseando llegar a casa para quitarse los zapatos y soltar el maletín que lleva siempre en la mano.
The Smith se cuela por sus cascos, llevándolo a otro mundo, lejos de esa ajetreada vida que le impide respirar.
Ve aparecer el autocar y sus músculos parecen relajarse un poco.
Se sienta en su sitio de siempre, junto a esa jovencita que parece agotada de vivir.
Él no lo entiende. Desde su punto de vista, es guapa, escucha buena música y siempre va con deportivas.
Siempre piensa que una tarde al sentarse junto a ella, se dirán algo más que un 'hola' y se dedicarán algo más que una sonrisa.
Pero nunca llega a suceder.
Es un típico día de invierno, y como cualquier otro lunes, él se sienta junto a ella, ella le sonríe y sigue admirando el paisaje que le ofrece la ciudad bajo ese nublado y triste día.
Pero esta vez, él baja la música, ella se quita los cascos y se dicen más que un 'hola', y se dedican más que una sonrisa.
No es un típico día de invierno, no es como cualquier otro lunes.
Hoy, han cambiado las cosas.
jueves, 6 de febrero de 2014
Susurros.
Siempre creí en los susurros, en susurrar.
Frases muy cortas en momentos puntuales.
Un "te quiero" oculto en el cuello de alguien.
Un "nunca te olvidaré" que acabaron olvidando.
Un "sigue... sigue..." perdido en las sábanas de alguna cama.
Pero en la vida hay poco espacio para los susurros.
El volumen está demasiado alto para escucharlos, para admirarlos, para sentirlos.
Por eso dejé de susurrar.
Dejé de susurrar al oído.
Dejé de susurrar entre risa y risa.
Dejé de susurrar cuando todo estaba en silencio.
Y ahora, vivo sumida en el espacio que existe entre no decir nada, o decirlo todo.
Aunque sigo creyendo en la potencia que tiene susurrar a la luz de la luna, o a pleno día.
Siempre creí en los susurros, en susurrar.
Frases muy cortas en momentos puntuales.
Un "te quiero" oculto en el cuello de alguien.
Un "nunca te olvidaré" que acabaron olvidando.
Un "sigue... sigue..." perdido en las sábanas de alguna cama.
Pero en la vida hay poco espacio para los susurros.
El volumen está demasiado alto para escucharlos, para admirarlos, para sentirlos.
Por eso dejé de susurrar.
Dejé de susurrar al oído.
Dejé de susurrar entre risa y risa.
Dejé de susurrar cuando todo estaba en silencio.
Y ahora, vivo sumida en el espacio que existe entre no decir nada, o decirlo todo.
Aunque sigo creyendo en la potencia que tiene susurrar a la luz de la luna, o a pleno día.
Siempre creí en los susurros, en susurrar.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Querido amanecer.
Cada mañana, antes del alba, se preparaba un café y salía al porche de su casa.
No era nada del otro mundo; una sencilla casa al este de la ciudad, a las afueras. Pero tenía un hermoso jardín que la enamoró con el simple olor a flores que se notaba desde la entrada.
Abrió el libro, y comenzó a leer:
"...sabía que no podía quedarse allí, pasmado ante la ventana mientras el mundo se desmoronaba a sus pies. Todo dependía de él, y lo que decidiese aquél día; y el paisaje de Manhattan no parecía tener la respuesta a..."
Y allí estaba, como cada día, a la misma hora.
Venía en su busca; ansiaba escucharla, a ella, a su música.
Y ella no dudó un instante; se levantó y se sentó al piano.
No le hacía falta ningún tipo de guía, ni pentagrama que le indicase el camino a sus dedos.
La música fluía bajo sus manos, y a él le seducía la maestría con la que ella se dejaba llevar sobre aquél piano viejo que le regaló su padre cuando a penas sabía andar.
Ya entonces le esperaba él, apareciendo siempre, iluminando su jardín y sus fragantes flores.
Les gustaba ese silencio roto por la melodía que ella conseguía instalar entre ambos.
Él no sabía nada de ella. Ella no sabía nada de él,
pero.
Ella no era nada sin él, y él era todo con ella.
No era nada del otro mundo; una sencilla casa al este de la ciudad, a las afueras. Pero tenía un hermoso jardín que la enamoró con el simple olor a flores que se notaba desde la entrada.
Abrió el libro, y comenzó a leer:
"...sabía que no podía quedarse allí, pasmado ante la ventana mientras el mundo se desmoronaba a sus pies. Todo dependía de él, y lo que decidiese aquél día; y el paisaje de Manhattan no parecía tener la respuesta a..."
Y allí estaba, como cada día, a la misma hora.
Venía en su busca; ansiaba escucharla, a ella, a su música.
Y ella no dudó un instante; se levantó y se sentó al piano.
No le hacía falta ningún tipo de guía, ni pentagrama que le indicase el camino a sus dedos.
La música fluía bajo sus manos, y a él le seducía la maestría con la que ella se dejaba llevar sobre aquél piano viejo que le regaló su padre cuando a penas sabía andar.
Ya entonces le esperaba él, apareciendo siempre, iluminando su jardín y sus fragantes flores.
Les gustaba ese silencio roto por la melodía que ella conseguía instalar entre ambos.
Él no sabía nada de ella. Ella no sabía nada de él,
pero.
Ella no era nada sin él, y él era todo con ella.
lunes, 3 de febrero de 2014
Y no se me olvidó escribirte.
<< Recuerda, aún te extraño. >>
Y así acababa todas mis cartas.
Cartas escritas bajo la lluvia,
lluvia caída de mis ojos, rodando por mis mejillas hasta mojar el papel que sostenía en mis manos.
Pensabas que no cumplí lo que dije, lo que dijimos que haríamos, lo que prometiste.
Pero lo hice, te escribí cada domingo al amanecer, cuando el sol aún se resistía a despertar y se me colaba un bostezo entre palabra y palabra, entre trazos de tinta nunca enviados.
Ciento diecinueve cartas, de ciento diecinueve domingos al amanecer, de ciento diecinueve soles que no se desperezan a tiempo para verme liberar sentimientos encerrados en versos que ya no riman.
Porque hasta eso te llevaste, las rimas que nos unían, que nos hacían versos, versos en mi cuello o besos, qué más da, era precioso.
Y ahora sólo quedo yo;
yo y ciento diecinueve cartas escritas bajo llave en una caja que ni si quiera recuerdo dónde está, ni hacerlo quiero.
Porque en esa carta, también te guarecí a ti, escondido entre papeles desechos en tormentas de mi alma, en el caos de mis manos echándote de menos, en la risa que me producían tus cosquillas en mi cintura, en los ladridos del perro que ahora tampoco está y al que también extraño ahora.
A ti ya no.
Dejé de echarte de menos el domingo número ciento veinte,
un domingo al inicio de la primavera, en el que volví a florecer (mi corazón aún lo intenta, él es más duro de pelar) y en el que ya no recordé escribirte.
Así que esta la última (y número ciento veinte), carta.
Recuerda, ya dejé de extrañarte.
Y así acababa todas mis cartas.
Cartas escritas bajo la lluvia,
lluvia caída de mis ojos, rodando por mis mejillas hasta mojar el papel que sostenía en mis manos.
Pensabas que no cumplí lo que dije, lo que dijimos que haríamos, lo que prometiste.
Pero lo hice, te escribí cada domingo al amanecer, cuando el sol aún se resistía a despertar y se me colaba un bostezo entre palabra y palabra, entre trazos de tinta nunca enviados.
Ciento diecinueve cartas, de ciento diecinueve domingos al amanecer, de ciento diecinueve soles que no se desperezan a tiempo para verme liberar sentimientos encerrados en versos que ya no riman.
Porque hasta eso te llevaste, las rimas que nos unían, que nos hacían versos, versos en mi cuello o besos, qué más da, era precioso.
Y ahora sólo quedo yo;
yo y ciento diecinueve cartas escritas bajo llave en una caja que ni si quiera recuerdo dónde está, ni hacerlo quiero.
Porque en esa carta, también te guarecí a ti, escondido entre papeles desechos en tormentas de mi alma, en el caos de mis manos echándote de menos, en la risa que me producían tus cosquillas en mi cintura, en los ladridos del perro que ahora tampoco está y al que también extraño ahora.
A ti ya no.
Dejé de echarte de menos el domingo número ciento veinte,
un domingo al inicio de la primavera, en el que volví a florecer (mi corazón aún lo intenta, él es más duro de pelar) y en el que ya no recordé escribirte.
Así que esta la última (y número ciento veinte), carta.
Recuerda, ya dejé de extrañarte.
sábado, 1 de febrero de 2014
Febrero empieza, y lo nuestro acaba.
Lo intentaste, intentaste cambiarme, pero soy así, no cambio.
Soy una borde que odia la vida, pero que intenta ocultarlo en besos que ya no riman.
Soy de esas que te quiere cuando no bebe y te odia cuando va borracha.
Soy de esas que te gritan las peores y más ciertas verdades sin pensar en el daño que hago.
De las que adoran lo amargo, pero añado azúcar al otoño para hacerlo más dulce.
Soy de las que se preocupan por todos, menos por mí misma; de las que se tiran horas consolando los demonios de los demás, mientras los míos propios me consumen poco a poco.
Soy de las que dicen que va a dejar de fumar, y duro dos días sin dar una calada a un cigarro.
De las que necesitan un abrazo cuando está triste, y no que me pregunten 'cómo estás'.
De las que les hace daño los cumplidos, porque sé que no son ciertos, que son para cumplir y poco más.
Soy de las que tienen un orgullo que destroza relaciones, y momentos no vividos. Pero que si tengo que tragármelo por que vuelvas, lo hago.
Soy de las que no pueden evitar escribir si está triste, y si no lo hago cuando estoy feliz es porque estoy contigo.
Soy de las que van con la música bajita por la calle para escuchar el tráfico de fondo, escuchar los rugidos que la ciudad hace.
De las que se pierden con una cámara por el centro deseando no volver a casa jamás, si no me esperas tú en la cama.
De esas que presumen de lo que más carece, porque así intento creerme lo que no soy para conseguir serlo cada día.
Soy de las que se equivoca una y otra vez, y aún así no aprendo.
De las que adora el frío, pero se abriga en invierno.
Soy de las que se mienten a sí misma, porque si fuese tan sincera conmigo como lo soy con los demás no seguiría viva.
Soy de las que quieren bien, de las que una vez que sienten no dejan de hacerlo, de las que se desviven por mantener vivo el amor con un par de versos en el cuello al amanecer.
De las que se enamoran al atardecer, y no olvidan nunca.
Soy de las que guarda errores bajo la piel, ocultos con capas de cicatrices que forman los golpes contra el destino, las luchas por seguir adelante como si nada.
Guerras internas, alma como campo de batalla.
Insistes en que soy mejor de lo que soy, y sólo te mientes a ti mismo.
Soy así, y no cambio.
Soy una borde que odia la vida, pero que intenta ocultarlo en besos que ya no riman.
Soy de esas que te quiere cuando no bebe y te odia cuando va borracha.
Soy de esas que te gritan las peores y más ciertas verdades sin pensar en el daño que hago.
De las que adoran lo amargo, pero añado azúcar al otoño para hacerlo más dulce.
Soy de las que se preocupan por todos, menos por mí misma; de las que se tiran horas consolando los demonios de los demás, mientras los míos propios me consumen poco a poco.
Soy de las que dicen que va a dejar de fumar, y duro dos días sin dar una calada a un cigarro.
De las que necesitan un abrazo cuando está triste, y no que me pregunten 'cómo estás'.
De las que les hace daño los cumplidos, porque sé que no son ciertos, que son para cumplir y poco más.
Soy de las que tienen un orgullo que destroza relaciones, y momentos no vividos. Pero que si tengo que tragármelo por que vuelvas, lo hago.
Soy de las que no pueden evitar escribir si está triste, y si no lo hago cuando estoy feliz es porque estoy contigo.
Soy de las que van con la música bajita por la calle para escuchar el tráfico de fondo, escuchar los rugidos que la ciudad hace.
De las que se pierden con una cámara por el centro deseando no volver a casa jamás, si no me esperas tú en la cama.
De esas que presumen de lo que más carece, porque así intento creerme lo que no soy para conseguir serlo cada día.
Soy de las que se equivoca una y otra vez, y aún así no aprendo.
De las que adora el frío, pero se abriga en invierno.
Soy de las que se mienten a sí misma, porque si fuese tan sincera conmigo como lo soy con los demás no seguiría viva.
Soy de las que quieren bien, de las que una vez que sienten no dejan de hacerlo, de las que se desviven por mantener vivo el amor con un par de versos en el cuello al amanecer.
De las que se enamoran al atardecer, y no olvidan nunca.
Soy de las que guarda errores bajo la piel, ocultos con capas de cicatrices que forman los golpes contra el destino, las luchas por seguir adelante como si nada.
Guerras internas, alma como campo de batalla.
Insistes en que soy mejor de lo que soy, y sólo te mientes a ti mismo.
Soy así, y no cambio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)