Las noches frías no ayudan a superar el miedo.
Miedo a volver y que todo sea igual, que tú sigas esperándome despierto con la lamparita del salón encendida y un cigarro consumido en las manos.
Por si acaso, yo me quito los polvos que me echaron bajo la barra del bar, no sea que decidas abrazarme y te topes con ausencia de calor.
Aunque siempre me faltaron veranos en mis diecisiete primaveras.
De puntillas, como siempre, para no despertar tus ganas de herirme otra vez, camufladas con palabras al oído esta mañana de abril.
¿Y si no quiero?
Mejor me quedo sentada en la escalera, fumando un piti y esperando el momento en el que no queden cenizas para entrar.
No quiero.
Toparme contigo en aquél sillón, juzgando mi borrachera de desamor y mis medias rotas es demasiado arduo para mí.
Prefiero esperar;
aunque eso duele más que la certeza de que ya no me quieras, pero no importa.
Siempre fui más de mentiras, que de verdades a medias.
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